Más de 3,1 millones de colombianos sufren trastornos mentales por conflicto armado.

CASI TODOS LOS DÍAS la pesadilla se repite en la mente de Leiner Palacio: hombres armados lo persiguen, lo agarran y lo meten a la iglesia; llueven pipetas de gas desde el techo y no puede escapar porque la puerta está cerrada… Es el recuerdo del episodio de horror al que sobrevivió el 2 de mayo de 2002, cuando las Farc atacaron el templo de Bojayá donde se refugiaba la población, y acabaron con la vida de 119 personas, entre ellas 32 parientes suyos.

Sobrevivientes de la masacre de Bojayá rinden homenaje a sus muertos.

Foto: Mauricio Moreno / Cambio

Palacio se salvó porque se escondió en la casa de unas religiosas, pero desde entonces tiene dificultades para conciliar el sueño, desconfía de la gente y cualquier ruido fuerte altera sus nervios. “Me da mucha ansiedad, el miedo no se me quita, estoy alerta y tengo muy viva esa imagen en mi cabeza -confiesa-. Pero en medio de todo estoy bien, pues hay muchas madres, viudas y huérfanos que quedaron como retraídos y no tienen psicólogo”.
Bojayá fue caso de estudio para los grupos de investigación de las universidades de San Buenaventura y Pontificia Bolivariana de Medellín, que revelaron las profundas secuelas del ataque en la salud mental de los sobrevivientes. Pero ellos no son los únicos que han quedado profundamente marcados por la violencia del conflicto interno.
Casi no hay región donde no haya población afectada. Los actos de guerra, el desplazamiento forzoso y el secuestro han dejado honda huella en millones de colombianos. Según el psiquiatra José Posada-Villa, director del Estudio Nacional de Salud Mental (2003), es probable que más de 3,1 millones de colombianos adultos padezcan algún tipo de trastorno mental atribuible al conflicto.
Lo dice después de haber comparado los datos obtenidos con la misma metodología en Colombia y México, dos países con el mismo nivel de desarrollo según el Banco Mundial, y con características históricas y demográficas semejantes. ¿Por qué el 40 por ciento de los colombianos ha presentado algún trastorno mental, mientras que solo el 28 por ciento de los mexicanos ha sufrido alguno? ¿Por qué el 19 por ciento de los colombianos ha sufrido ansiedad y el promedio de los mexicanos es de 14 por ciento? ¿Por qué la prevalencia de trastornos afectivos -depresión, trastorno bipolar- en Colombia es de 15 por ciento y en México de 9 por ciento? “Hay un ‘algo’ que determina esas diferencias abrumadoras y, a manera de hipótesis -plantea Posada-Villa-, puede afirmarse que ese ‘algo’ es el conflicto armado”.
Un ‘algo’ que se manifiesta en trastornos que van desde ansiedad, depresión, dolor físico y cansancio -generalmente por somatización de problemas emocionales- hasta estrés postraumático, trastorno obsesivo-compulsivo, fobias, trastorno afectivo bipolar, consumo de drogas, mayor riesgo de suicidio, esquizofrenia e incluso trastornos de alimentación, que probablemente nunca se habrían presentado o no habrían sido tan graves en ausencia del conflicto.
Vivir con miedo
Se oyen los combates no muy lejos de la escuela. Los niños se tiran al suelo y se esconden bajo los pupitres. Otras veces solo oyen tiros a lo lejos. Es parte de la rutina de 180 alumnos de dos escuelas de San Miguel (Putumayo), cuya población vive en riesgo y presenta trastornos psicológicos, que van desde depresión infantil hasta estrés postraumático.
Viven atemorizados, una constante en muchas zonas del sur del país donde hay más presencia de actores armados y más combates. “Tenemos niños retraídos que incluso no pueden vencer el miedo de ir a estudiar porque temen morir -afirma Sandra Vargas, coordinadora de la Corporación Casa Amazonia en Putumayo, que atiende a niños y mujeres víctimas del conflicto-. Son niños que tienen altos niveles de angustia, que no duermen ni comen bien, que saltan al menor ruido estridente… Algunos siguen orinándose en la cama, otros son agresivos o presentan deseos de venganza por cosas que les ha tocado ver”.
Mediante un convenio con la ONG Minga y la Fundación World Child, atienden a los pequeños y les ayudan con actividades lúdicas a sobreponerse a su realidad. Hacen lo que pueden pero el optimismo es moderado, pues como dice Vargas, “los niños no saben qué futuro pueden tener si cuando van a estudiar se topan con la guerrilla, el Ejército o los paramilitares, o con las avionetas que fumigan la coca en una zona donde sus padres son ‘raspachines’ “.
Depresión y suicidio
Carlos, de 28 años, pisó una ‘mina’ que le destrozó una pierna y le dejó graves quemaduras en el brazo derecho, heridas en el estómago y menos del 60 por ciento de su capacidad auditiva. Carlos no ha podido recuperarse del shock y los médicos le dicen que es necesario un largo tratamiento para que aprenda a valerse por sí mismo.
Lo grave es que en Samaniego, un municipio de más de 3.000 habitantes y con 22 veredas sembradas de ‘minas’, casos como este son pan de cada día. Este año suma 14 víctimas. Deben vivir con las secuelas físicas, que en muchos casos pueden vencer con una prótesis, pero lo más grave es que además sufren serios problemas mentales que afectan también a sus familias: estrés severo, depresión profunda, esquizofrenia, paranoia…
Según la investigadora Clara Rocío Wilches, del Instituto de Estudios Sociales y Culturales Pensar, de la Universidad Javeriana, “lo más crítico es la baja autoestima y el poco interés para seguir viviendo, porque no se sienten útiles, sino un estorbo más para la familia”. Y agrega el psiquiatra Pedro Quijano: “Muchos sienten que se les acabó la vida porque suponen que los van a relegar y que su etapa productiva llegó a su fin”.
Toribío (Cauca) es uno de los municipios más afectados por la violencia. Los constantes combates entre guerrilla y Ejército tienen a la población al borde de un ataque de nervios. “Los habitantes viven en un estado de amenaza permanente -dice Martha Segura, secretaria de Salud del municipio-. Los más afectados son los niños y las mujeres”.
Esta situación de amenaza permanente, dicen los expertos, ha generado en los más de 27.000 habitantes del municipio graves problemas de salud mental como crisis de ansiedad, pánico, angustia y depresión profunda. Pero lo más grave es que han aumentado los índices de suicidio -el año pasado ocho personas se quitaron la vida, tres más que en 2006-, un problema que además afecta a niños entre 5 y 12 años que en algunos casos presentan ideas suicidas.
El alma cautiva
Por supuesto, las consecuencias del secuestro son un tema que ocupa la atención de los expertos en salud mental. Se trata de un hecho inevitable ante la aterradora cifra de 3.200 personas que actualmente son víctimas de este delito en Colombia.
“El deseo de vivir es lo primero que uno pierde cuando está secuestrado, pero no puede ni siquiera tomar esa decisión porque tiene una familia afuera esperando”, expresa el ex senador Luis Eladio Pérez después de seis años de cautiverio. Y recuerda que cuando lo apartaron del grupo de secuestrados y quedó solo, de repente se descubrió hablando con los árboles.
Un trabajo de la Fundación País Libre señala que el primer daño del secuestro ocurre por cuenta del atentado contra las lealtades familiares y del uso de los vínculos afectivos como medio de presión. Además de los sentimientos que experimenta la víctima directa, entre los familiares sobrevienen el dolor, el miedo, la impotencia, la desesperanza, la rabia, la tristeza y la culpa, sentimientos que con facilidad configuran al cabo de los días un cuadro depresivo.
La liberación no significa el fin del drama. “Después de la alegría del retorno -dice el documento Aspectos psicológicos del secuestro-, el secuestrado comienza a tener sensaciones y pensamientos desconocidos que le causan desconcierto, temor, sorpresa y un inmenso gasto de energía psíquica”. Es realmente en este momento cuando aparece el cansancio acumulado por el esfuerzo de haber procurado conservar la estabilidad emocional durante el cautiverio. Comienzan entonces los cambios abruptos en el estado de ánimo, los ataques de llanto, el miedo, la irritabilidad y la desconcentración. La pesadilla se revive. Va y vuelve en forma de oleadas.
El caso de los soldados ha mostrado sus particularidades. Pasar de detentar cierto poder a la derrota militar y la humillación, a veces hace más complejo el problema. Un seguimiento realizado por el psiquiatra Ismael Roldán a 110 miembros de la fuerza pública liberados en 2001 por las Farc ha establecido que dos de ellos padecen alucinaciones, sienten que los siguen y que ponen micrófonos bajo sus camas.
Sin embargo, esa sensación de impotencia no solo embarga a los combatientes cautivos que recuperan su libertad. Es una constante en los que sobreviven a fuertes hostigamientos. Es precisamente la situación que desde agosto de 2007 no para de atormentar a Fredy, un soldado que, mientras patrullaba las inmediaciones de San Vicente del Caguán, vio cómo un artefacto explosivo desintegró literalmente a su mejor amigo. Desde entonces la culpa no deja de perseguirlo.
Como este, entre 60 y 85 casos mensuales son atendidos en el Batallón de Sanidad de Bogotá, adonde llega más del 90 por ciento de los soldados con trastornos psiquiátricos. Según la mayor Íngrid Guzmán, jefe del Departamento de Salud Mental, no es extraño que en los pabellones del Batallón los soldados revivan un enfrentamiento con la guerrilla y reaccionen como si estuvieran ahí. “Sienten por todos lados la presencia del enemigo, alucinan y ven a sus compañeros muertos tal y como los dejaron en el campo de batalla”, explica Guzmán.
Desarraigo
A Cecilia Reyes la desplazaron las Farc el 18 de octubre de 1997 luego de un ataque a Miraflores, en San José del Guaviare. Desde entonces, dice, no ha tenido paz. Por esa misma época sufrió el asesinato de su hijo Wílmar Restrepo, de 14 años, quien fue uno de los muertos de la masacre de El Aro, en Antioquia, perpetrada por orden de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, quienes aseguraron que Wílmer, como los otras 14 víctimas, eran guerrilleros disfrazados de campesinos. Solo esa masacre, que los propios comandantes paramilitares se atribuyen, provocó el desplazamiento de 900 personas. Entre ellas, Edilma, quien perdió a su otro hijo, Guido Manuel, tres años después, de nuevo en las garras de paramilitares.
Según los expertos, el desplazamiento tiene un gran impacto psicológico sobre todo en las mujeres, generalmente viudas o huérfanas de la guerra, que se convierten de la noche a la mañana en jefes de hogar. Eso les genera angustia, luego se enfrentan a estrés y depresiones. Su trauma puede ser mayor, recalcan los especialistas, dado que a la viudez, la pobreza, el deterioro físico, el miedo y, en ocasiones, el abuso sexual, se agrega la responsabilidad de garantizar la supervivencia de sus hijos.
Adicción
Los desmovilizados de las Auc, 37.000 combatientes, también sufren en carne propia los efectos de la violencia que ejercieron. Padecen estrés postraumático, depresión, ansiedad y problemas de adicción. Félix Santris estuvo 10 años en las Auc y pese al tratamiento psicológico que recibe, todavía sufre pesadillas. “Me despierto a veces exaltado y pienso que todavía estoy allá. No puedo sacarme de la cabeza los gritos que oí el día en que mataron a 10 compañeros y también veo intactos a otros asesinados”.
La guerra entrenó a Santris para disparar el fusil, pero ahora como desmovilizado cursa cuarto de primaria, ocupa su tiempo en otras actividades que le ayudan a dejar atrás el pasado y recibe el apoyo psicológico de la Alta Consejería para la Reintegración, que cuenta con 286 psicólogos de tiempo completo dedicados a acompañar a cada uno de los desmovilizados con problemas.
Un tratamiento imprescindible: uno de cada 10 desmovilizados sufre depresión; uno de cada 10 tiene ansiedad; 81 tienen problemas psiquiátricos graves y 372 consumen drogas. “Intentan tener una vida tranquila, pero no es fácil”, dice el alto consejero Frank Pearl.
Otra mirada
Los casos mencionados son apenas botones de muestra que ilustran cómo afecta el conflicto la salud mental de los colombianos. Sin embargo, según Posada-Villa, “son justamente las dificultades las que permiten sacar a relucir las fortalezas de una población”. Y en este sentido hace referencia a un concepto de la psicología, la resiliencia, definida como la capacidad para superar las adversidades e incluso salir fortalecido.
Ejemplos hay. Quizás sin conflicto los habitantes de San José de Apartadó jamás habrían descubierto su capacidad para organizarse como unidad de paz, ni los indígenas de Toribío habrían tenido el valor para declararse neutrales frente al conflicto, lo que en dos ocasiones les mereció Premio Nacional de Paz. Y lo mismo vale decir sobre la fortaleza de doña Clara de Rojas que, pese a quebrantos de salud y a su aparente fragilidad, fue un ejemplo de fortaleza y dignidad durante los seis años de secuestro de su hija Clara, y sobre la tenacidad de Gustavo Moncayo para sensibilizar con sus marchas a un país entero, y la audacia y el coraje de John Pinchao que se escapó de sus secuestradores.
Múltiples proyectos de salud mental para ayudar a las víctimas y a los actores del conflicto se centran en el concepto de resiliencia. Una estrategia que, antes que hacer énfasis en los problemas, identifica las fortalezas para que se cumpla una de esas frases que consagraron al primer ministro británico Winston Churchill: “La cometa se eleva más alto en contra del viento, no a su favor”.
TRASTORNOS ALIMENTARIOS
Los daños mentales no respetan estrato socioeconómico, aunque las manifestaciones pueden variar. Ana María fue secuestrada cuando tenía 12 años y tras su liberación la familia decidió radicarse en España. Ocho meses después intentó suicidarse y comenzó a presentar síntomas de anorexia y a herirse con las uñas y objetos filosos. Regresaron al país seis años más tarde, cuando la situación de Ana María se había vuelto crónica. Las psiquiatras que la atendieron en Equilibrio -institución dedicada al tratamiento e investigación de trastornos de la alimentación- encontraron que estaba en los huesos y que su cuerpo se hallaba cubierto de cicatrices.
El caso de Ana María no es aislado. Las investigadoras de Equilibrio sostienen que es significativo el número de trastornos alimentarios derivados de situaciones relacionadas con el conflicto. Según un estudio con 138 pacientes mujeres, la anorexia estaba asociada en el 23 por ciento de los casos con amenazas contra la vida, en el 20 por ciento con traslado fuera del país, y en el 7,5 por ciento con ‘boleteo’ o secuestro. Las más afectadas eran las mayores de 25 años.
Según la psiquiatra Maritza Rodríguez, las personas que han vivido experiencias traumáticas suelen considerar que merecen ser blanco de agresiones y adoptan comportamientos que buscan revivir esos momentos. “Dejar de comer es una forma de torturarse, es volverse a victimizar -explica Rodríguez-. La persona busca una expiación mediante el ayuno, las purgas o los vómitos, se castiga para poder aislarse, para no tener cuerpo porque considera que el cuerpo es un peligro. Es como si dijera ‘mejor desaparezco’ “. Los trastornos alimentarios son en estos casos mecanismos de control frente a la desesperanza.

* El Tiempo (Colombia)

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s