¿Es necesaria tanta desigualdad?

Este es un articulo escrito o publicado en el New York Times el 18 de enero del 2016; por el periodista Paul Krugman; pero tiene vigencia este 2018 para hacer una reflexión actualizada y objetiva sobre esta cuestión. (CTsT=CVP)

¿Qué tan ricos queremos que sean los ricos?

Se puede decir que es la cuestión alrededor de la que gira la política de los Estados Unidos. Los liberales quieren aumentar los impuestos sobre los altos ingresos y usar esos recursos para fortalecer las políticas más solidarias. Los conservadores quieren hacer lo contrario. Argumentan que políticas que primen el cobro de impuestos a los más ricos perjudicarán a la sociedad en su conjunto al reducir los incentivos para crear riqueza.

Las últimas experiencias no favorecen la defensa de la postura conservadora. El Presidente Obama impulsó una subida de impuestos importante para los que más ganan y su reforma del sistema de salud ha supuesto la expansión más grande del Estado de bienestar desde el mandato de Lyndon B. Johnson. Los conservadores, por su parte, no dudaron en pronosticar el desastre económico del mismo modo que ya lo habían hecho cuando Bill Clinton aumentó los impuestos al 1 por ciento más rico del país. Y lo que ha sucedido, en cambio, es que Obama ha encabezado el período con mayor crecimiento del empleo desde la década de 1990.

¿Existe, entonces, un debate a largo plazo que defienda la existencia de niveles altos de desigualdad?

No les sorprendería escuchar que muchos miembros de la élite económica creen que sí. Tampoco les sorprendería saber que estoy en desacuerdo y que creo que la economía puede crecer si se da una concentración mucho menor de la riqueza en las clases altas. ¿Pero por qué lo creo?

Me parece útil pensar en los tres modelos que explican de dónde podría provenir la desigualdad extrema teniendo en cuenta que la economía real incluye elementos de los tres.

En el primero, las variaciones en los niveles de productividad de diferentes individuos podrían ser responsables de altos niveles de desigualdad: algunas personas son capaces de hacer contribuciones cientos o miles de veces mayores que la media. Esa es la postura expresada en un ensayo reciente, y muy citado, del inversionista Paul Graham, que ha resultado popular en Silicon Valley entre personas que ganan cientos o miles de veces más que sus empleados.

En el segundo, la desigualdad podría deberse, en gran medida, a la suerte. En un clásico del cine, “El tesoro de Sierra Madre”, un viejo buscador de oro explica que este mineral vale tanto (y por eso los que lo encuentran se vuelven ricos) gracias a la labor de toda la gente que fue a buscarlo y no lo encontró. Del mismo modo, podríamos encontrarnos ante un sistema económico en el cual quienes tienen éxito no son necesariamente más inteligentes ni más trabajadores que aquellos que no lo tienen, son solo quienes están en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Y en el tercero, el poder sería la fuerza que se encuentra tras niveles de desigualdad tan grandes: como los ejecutivos de las grandes corporaciones que se marcan sus propios salarios y los operadores financieros que se hacen ricos con el uso de información privilegiada o por cobrar honorarios inmerecidos de inversionistas ingenuos.

Como dije, la economía real contiene elementos de los tres modelos. Sería tonto negar que algunas personas son, de hecho, mucho más productivas que la media. Igual de tonto sería negar que tener éxito en los negocios (o, de hecho, en cualquier otra cosa) tiene mucho que ver con la suerte, no solo la suerte de ser el primero en toparse con una idea o estrategia muy rentable, sino también con la suerte de ser hijo de los padres correctos.

Y, sin duda, el poder también es un factor importante. Al leer a personas como Graham, uno podría imaginarse que los ricos de Estados Unidos son, sobre todo, emprendedores. De hecho, el 0,1 por ciento de los ricos son, sobre todo, altos ejecutivos y, aunque el origen de las fortunas de algunos de estos ejecutivos puede estar vinculado al entorno start-up, es muy probable que la mayoría haya llegado ahí ascendiendo por el escalafón empresarial tradicional. El aumento en los ingresos de los que están en la cima refleja en gran medida el exorbitante sueldo de los directivos, no las recompensas a la innovación.

Pero, sea cual sea el caso, la verdadera pregunta es si podemos redistribuir una parte del ingreso que actualmente se queda en manos de la élite sin paralizar el crecimiento.

No diremos que la redistribución está mal por naturaleza. Incluso si los ingresos elevados fueran un reflejo perfecto de la productividad, los resultados del mercado no sirven como justificación moral. Y dado que en realidad la riqueza es, a menudo, un reflejo de la suerte o el poder, existen argumentos sólidos para recuperar una parte de esa riqueza a través de los impuestos y usarla para contribuir a la fortaleza de la sociedad en general, siempre y cuando esto no termine con los incentivos para continuar creando riqueza.

Y no hay razón para creer que así sería.

En la historia, el período de mayor crecimiento y avance tecnológico más rápido en los Estados Unidos se dio durante los cincuenta y los sesenta, a pesar de que los impuestos eran mucho más elevados para quienes disponían de mayores ingresos y la desigualdad era mucho menor en comparación con la época actual.

En el mundo de hoy, países como Suecia, con impuestos elevados y baja desigualdad, resultan altamente innovadores y son sede de muchas empresas tecnológicas. En parte, esto puede deberse a que hay fuertes mecanismos de protección social que alientan la toma de riesgos: la gente podría estar dispuesta a buscar oro, aunque su incursión no los haga más ricos que antes, si saben que no acabarán muertos de hambre en caso de quedarse con las manos vacías.

Así que, regresando a mi pregunta original: no, los ricos no tienen que ser tan ricos como lo son ahora. La desigualdad es inevitable; tanta desigualdad como la que se registra en Estados Unidos hoy en día no lo es.

(Paul Krugman, NYT, Jan.18, 2016)
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Oslo, la ciudad más cara del mundo

 Oslo, Noruega se ubica como la ciudad más cara del mundo para los expatriados, según un nuevo estudio realizado por ECA International, una firma internacional de consultoría de recursos humanos. Entre los 10 primeros puestos de las ciudades más caras del mundo, siete se encuentran en Europa, dos se ubican en África, mientras que sólo una está en Asia.

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El aumento de precios de la capital de Noruega ha destronado a Tokio, Japón, como la ciudad más cara, puesto que llevaba 10 años ocupando. Este año, la capital de Japón ha pasado a la sexta posición para los trabajadores en el extranjero.

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“Los precios en Oslo tienden a ser más caros en comparación con otras partes del mundo debido al costo de producción y el trabajo”, dice Lee Quane, Director Regional, Asia de ECA International. Se han valorado entre otros servicios aquellos en los que fundamentalmente se paga la mano de obra como los servicios de limpieza en seco, reparación de calzado, peluquería, o comer en restaurantes, así como los impuestos, por ejemplo el alcohol y el tabaco.

De acuerdo con los datos ECA Internacional en Oslo una entrada de cine cuesta el equivalente a 18,76 dólares, una cerveza en un bar cuesta 14,10 dólares, mientras que una lata de refresco le costará 3,43 dólares.

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La caída de Tokio desde la cima de las listas de éxitos tiene también que ver con la debilidad de la moneda de Japón en los últimos meses, añade Quane.

El yen se ha reducido hasta en un 20% desde Shinzo Abe se convirtió en primer ministro en diciembre de 2012. Abe ha presentado un plan para lograr inflación – con un objetivo oficial del 2% – después de dos décadas de deflación, una economía estancada y los exportadores japoneses como Sony y Panasonic registran billones de pérdidas anuales.

Un yen más débil da más poder de compra para extranjeros que les visitan. Aún Tokio sigue siendo la ciudad más cara para los expatriados en Asia, en la encuesta realizada por ECA International, superando a Seúl, Beijing, Singapur y Hong Kong.
Un boleto para una película en Tokio cuesta 19,09 dólares, un refresco es más asequible que en Noruega, 1,61 dólares, mientras que un kilo de arroz cuesta 10 dólares, el precio más alto de toda la encuesta internacional de la CEPA.

Respecto a otras ciudades asiáticas los ránkings de Hong Kong y Singapur sólo se han “movido uno o dos puntos”, lo que se considera “una buena cosa” y una señal hacia una recuperación económica a largo plazo tras la crisis financiera mundial de 2008.

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Una sorpresa, dice Quane, es la capital filipina de Manila que subió 19 puntos desde la encuesta de 2012. “La razón principal se debe a la fortaleza de la moneda. Lo que hemos visto es que Filipinas ha sido una de las economías más fuertes de Asia en los últimos 12 meses, ha habido una mayor inversión extranjera directa va allí”, concluye.

 

*Texto CNN, 8 Junio 2013