Metodo Inductivo y las estupidas generalizaciones humanas

En matemáticas el método inductivo usado en las progresiones aritméticas o geométricas, es muy útil para hacer generalizaciones con gran precisión; aunque manejemos series de muchos millones de cifras.

 1.1

Así recuerdo cuando tenia 14 años y estaba en tercero de secundaria del colegio ya me enseñaban progresiones como esta:

1, 5, 9, …n (α)

Aquí tenemos que hallar el valor de “n”, cuando esta progresión tiene 300 millones uno (300’000,001) números. Entonces me enseñaron y demostraron, paso a paso, como la siguiente formula me permitía calcular el valor de n en cualquier progresión aritmética:

an= a1+ r(n-1)

donde:

an= valor final de la serie que debemos encontrar.

a1=valor inicial de la progresión

r= razón aritmética o diferencia entre 2 números consecutivos cualesquiera de esta serie.

n= numero total de la serie.

***********************************************************

Haciendo los cálculos en la progresión (α) , vemos que: a1=1, r=5-1=4 o r=9-5=4, n=300’000,001

Por lo tanto, el resultado final seria:

an=1 + 4x(300’000,001-1) = 1 +1200’000,000

an=1200’000,001

 2.1

Pero mi meta en este articulo no es hacer una clase elemental de matemática de tercero de secundaria, sino usar este ejemplo para reflexionar sobre cosas mucho mas importantes y que ocurren frecuentemente, en nuestro mundo actual.

2

 Cosas donde muchos seres humanos generalizan sobre otras personas, temas importantes o países , solamente porque han tenido malas experiencias con alguno de ellos.

 Incluso, a pesar de la enorme ayuda del Internet actual y todas sus herramientas asombrosas de búsqueda  ni siquiera se toman la molestia de averiguar la realidad en 3 o 4 fuentes diversas. Lo cual probablemente ni le tome ni una hora de su tiempo y mas bien mejore su conocimiento sobre temas importantes en nuestras vidas o el mundo que habitamos.

3.1

Hay muchas personas que prefieren pasar la mayor parte de su vida dedicándose a cosas intrascendentes para ellos, sus familias y para el progreso de su propia comunidad.

Yo no estoy en contra de que las personas dediquen parte de su tiempo o varias horas del mismo en ver novelas, programas del espectáculo o deportes . Yo mismo, a veces, le dedico algunas horas de mi tiempo al deporte; sin embargo mi prioridad siempre son temas que me permiten progresar intelectual y espiritualmente.

En otras palabras, la mayor parte de nuestro tiempo libre, fuera del trabajo, es aprender cosas positivas o interesantes que pasan alrededor del mundo, y que nos permite progresar como seres humanos positivos, solidarios y que fortalecen nuestras relaciones familiares y con todas las personas de nuestro entorno.

3 

Ahora es muy común ver como muchas personas hacen generalizaciones absurdas basadas de uno o dos casos particulares, aplicando un método inductivo empírico, pretenden generalizar como si fuera una progresión aritmética. Lo que no saben , no entienden o no quieren entender que la vida real no es como las matemáticas.

La vida real es mas complicada; pues muchas personas se contradicen, no son lógicas o tienen comportamientos absurdos, los cuales no se pueden alinear en alguna linea recta o curva definida para poder hacer nuestras proyecciones de manera precisa como se hace en matemáticas  En todo caso el método deductivo, para la vida real, es mucho mas eficiente o te acerca a la verdad de esta vida humana.

4 

Por esta razón, para llegar a la verdad de las cosas debemos revisar 3 o 4 fuentes diferentes y confiables, las cuales nos pueden acercar a la verdad de temas importantes.

Asimismo hay que tener objetividad cuando analizamos situaciones que pasan en el mundo. Por ejemplo, si en algún lugar hemos sido asaltado hay personas que generalizan fácilmente. Es decir, dicen que todas las personas de ese país son rateros y que hay que tener mucho cuidado y mejor no ir.

En cambio, si se calman y son objetivos verán que probablemente pertenecen a una minoría absoluta que estuvo en dicho lugar, de manera aleatoria, y unos delincuentes, que existen en todo el mundo, se aprovecharon de su ventaja.

Lo correcto seria ver las estadísticas policiales de todo el mundo y nos sorprenderíamos de que países (incluso algunos muy desarrollados y con mucho dinero) tienen la mayor cantidad de delincuentes o criminales en todas las variedades reconocidas o existentes.

Incluso, si seguimos profundizando este asunto veremos que los peores delincuentes no son esos rateros que nos asaltan con una pistola y nos quitan el dinero que llevamos en nuestra billetera, sino aquellos políticos o ejecutivos de cuello y corbata, con mucho dinero, aparentemente muy amables, bien vestidos. Incluso con estudios reconocidos en buenas universidades; sin embargo cuando ocupan cargos públicos importantes realmente le hacen un daño criminal a la mayoría  mas pobre, de sus propios compatriotas o seres humanos que dependen o confían en ellos y en “sus justas decisiones”.

Si seguimos avanzando llegaremos , finalmente, a que el mundo hay una lucha permanente entre el bien y el mal, y que muchas veces, los criminales mas sanguinarios no son esos que nos presentan en la TV o diarios, sino están ocultos detrás de importantes cargos políticos o han puesto a sus títeres en ellos y sus acciones influyen directamente en la vida de millones de seres humanos.

Como vemos la vida real es mucho mas difícil que las matemáticas; por tanto para que la justicia le gane a la injusticia debemos informarnos sobre los temas políticos y económicos en nuestro país y el mundo. De esta manera podremos escoger a mejores políticos o autoridades publicas que nos representen y favorezcan.

5 

En otras palabras dejemos la ignorancia, indiferencia, desunión,  el creernos lo que no somos o querer lograr progresar económicamente pisando a todas las personas de nuestro entorno.

Si hacemos lo anterior no tengo dudas que haremos un mundo mejor. Al menos mas justo y solidario para la mayoría de habitantes que vivimos actualmente en el.

6 

Hasta siempre.

Carlos Tigre sin Tiempo (CTsT)

“La confianza entre la gente y los líderes está rota”

La última gran misión que Kofi Annan tuvo entre manos, la de enviado especial de la ONU y de la Liga Árabe para Siria, le dejó un sabor amargo. La tuvo que dejar a medias, con la frustración de ver que el plan de paz que había ideado se iba a pique mientras en Siria proseguía la sangría. El 3 de agosto de 2012 fue el día en que anunció que abandonaba. No dudó en criticar públicamente a los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU por su dedicación a “apuntarse con el dedo e intercambiar descalificaciones cuando lo que se necesitaba era acción”. Cae la tarde en las oficinas de su fundación en Ginebra y Annan tuerce el gesto al recordar el episodio. “Fue una oportunidad perdida”, lamenta con esa voz suavemente cascada con la que habla, en tono muy bajo, cerca del susurro.

1365693757_959820_1365693908_noticia_grande

Así es la vida del mediador. Hay grandes momentos, sí; pero, sobre todo, tremendas frustraciones. Los fracasos se cuentan por pérdidas de vidas humanas. Y así lo refleja en Intervenciones. Una vida en la guerra y en la paz (Taurus), el libro que se acaba de editar en España y en el que recorre su etapa de secretario general de las Naciones Unidas (1997-2006), con Premio Nobel de la Paz (2001) a sus espaldas.

A sus 75 años recién cumplidos, Kofi Atta Annan parece estar en plena forma, a juzgar por las zancadas por los pasillos de su fundación, sita en la ginebrina calle de Varembé. La paz, la seguridad, los derechos humanos y el desarrollo sostenible son los objetivos que guían sus pasos hoy día al frente de la institución que lleva su nombre. Annan sigue en su salsa. Trabaja en el barrio donde tienen sede un sinfín de organizaciones internacionales, rodeado de políticos, ejecutivos y funcionarios de mirada global.

PREGUNTA: En el último párrafo de su libro escribe usted: “Unas Naciones Unidas que sirvan no solo a los Estados, sino también a los pueblos, se ganarán un lugar en el siglo XXI”. Los Estados, los pueblos. ¿Son los Estados los que deciden hoy día, o acaso estamos en manos de los mercados?

Mi episodio más frustrante fue el debate y conflicto de Irak”

RESPUESTA: Es una pregunta interesante. El poder reside en la gente. Y de hecho, los políticos y los líderes tienen el poder por la confianza que la gente deposita en ellos, no es algo que les pertenezca. Esos Gobiernos tienen una responsabilidad: trabajar por el bienestar de su gente. Los ciudadanos votan y deciden, con suerte, racionalmente, quién les gobernará. Pero sé que hoy tenemos un problema: la confianza entre los líderes y la gente está rota. El contrato social que existía entre Gobiernos y el pueblo está roto. Si tuviera que ir a España, a Portugal, a Chipre o a cualquiera de los países en que tenemos este problema y hablase con la gente corriente, me dirían: “No puedo cuidar de mis padres, no puedo pagar facturas de hospital y el Gobierno me dice que no hay dinero. De pronto empiezan las dificultades en los bancos y aparecen millones para salvarlos. Los ricos cuidan los unos de los otros, no les intereso yo como individuo”.

P: Sí, eso es lo que dice mucha gente…

R: Y es muy difícil explicarles que el crédito tiene que funcionar y que los Gobiernos están trabajando para que el crédito funcione, pero la gente no lo ve así. La falta de confianza hace que sea muy complicado poner en marcha reformas con gente que no va a creer en ellas de modo automático. Necesitan que les convenzan, que les den seguridad, y eso hace que gobernar sea ahora incluso más difícil que antes de la crisis.

P: La confianza es algo difícil de recuperar una vez que se pierde.

Desde Kumasi hasta Minnesota y Ginebra

Kofi Atta Annan tuvo la oportunidad de vivir en tres culturas bien distintas a lo largo de sus primeros 24 años de vida. Nació en el seno de una familia acomodada en Kumasi (Ghana), el 8 de abril de 1938. Su padre, Henry Reginald, trabajaba para una empresa europea, The United Africa Company, así que tuvo una infancia exenta de grandes carencias. Tras cursar estudios de Ciencia y Tecnología en Kumasi, consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos. Fue a parar a Minnesota, al Macalaster College, donde fue tomada la imagen de Annan tocando los bongos, allá por el año 1960 (tenía entonces 22 años). Poco después se iría al Instituto de Estudios Internacionales de Ginebra. Fue solo el principio de una existencia que le llevaría a recorrer medio mundo como secretario general de las Naciones Unidas.

R: Es duro. Los líderes son conscientes, y es importante que la reconstruyan con acciones, no con palabras.

P: ¿En qué fallaron los líderes, en qué fallaron las democracias occidentales?

R: No deberíamos echar la culpa solo a los líderes. Los líderes probablemente fueron más bien complacientes; en ciertas ocasiones sintieron que las fuerzas del mercado y el sector privado podían solucionar los problemas, les dejaron demasiado espacio. Pero las fuerzas del mercado no aseguran los bienes públicos y los Gobiernos deberían haber sido más activos en asegurar los bienes que afectan al interés de todos. Hubo además una cierta tendencia, a nivel empresarial y político, a mirar a corto plazo. Las empresas persiguieron sus beneficios y los Gobiernos no miraron más allá de las siguientes elecciones. Además, en democracias maduras, la gente se dejó llevar por una apatía que mina la democracia, muchas personas dejaron de votar… Hay países en los que la gente muere por intentar conseguir el derecho al voto. En democracias maduras, muchas veces los jóvenes no votan, piensan que el voto es negativo, y es un error. El individuo tiene poder y puede condicionar la agenda política alzando la voz, organizándose; los políticos prestarán atención. Hay muchos países en los que jóvenes brillantes dicen que la política no es cosa suya y se dedican a montar negocios para hacer dinero. Así que hay muchas razones que explican la situación que usted describe. El cambio solo puede llegar si hay una presión sostenida sobre los políticos por parte de la gente. Allá donde los líderes no sepan liderar, la gente puede hacerles caer.

P: Se diría que hay un cambio en marcha. Mucha gente demandademocracias más participativas usando las tecno­­logías que lo permiten y piden una mayor transparencia a los Gobiernos. ¿Qué visión tiene sobre ese cambio?

R: Lo primero que quiero decir es que ningún país es una democracia perfecta. Nadie nace buen ciudadano o buen demócrata, eso viene con la educación, la experiencia. Sí, hoy tenemos nuevas herramientas, como Internet y las redes sociales, que la gente usa para comunicarse, hemos visto lo que pasó con la primavera árabe. La gente dice que esa fue una revolución de Internet, pero Internet solo es una herramienta. Puedes utilizar las redes sociales para conducir a miles de personas a las calles, pero necesitas también liderazgo para llevarlos a donde quieres que vayan. No hay cambio ni revolución sin liderazgo. Esas herramientas pueden servir para otorgar poder al ciudadano, para compartir información; pero no solo son útiles para los indignados, también lo son para los líderes.

P: ¿Qué opina del movimiento de los indignados?

R: Creo que nos estamos alejando completamente del libro.

P: No se preocupe, ahora hablaremos del libro, pero ya que menciona a los indignados tengo que preguntarle.

R: Diré lo que dije al principio de la entrevista: la gente siente que sus intereses han sido ignorados, que los líderes no prestan atención a sus necesidades. Lo noté en París, cuando Hessel murió y reeditaron su libro. Lo que pasó en España y con Occupy Wall Street es el reflejo de la ruptura de confianza y del contrato social.

P: ¿Y qué diagnóstico hace usted de la crisis y de las medidas que se están adoptando para atajarla? Hay intelectuales, como John Ralston Saul, que plantean que hay que rescatar a los ciudadanos antes que a los bancos.

R: Cualquier situación en la que la riqueza extrema convive con una inmensa pobreza es insostenible a largo plazo. Muchos Gobiernos europeos están empujando hacia la austeridad, una austeridad que desde el punto de vista de la gente no mejora su situación. Hay dos escuelas de pensamiento entre los economistas. Están los que creen en la austeridad, en la reducción de deudas y el control del gasto. Y están los que piensan que la respuesta es ser moderado en el corto plazo y disciplinado en el largo. Yo pertenezco a esta segunda escuela. La economía tiene que crecer para crear puestos de trabajo, para generar beneficios sobre los que recaudar, para cubrir los gastos del Estado. Si lo enfocas solo en los recortes y en la austeridad, estás prolongando el problema y la agonía, y conduces la economía a la estanflación[estancamiento e inflación].

P: Abordemos su papel en la ONU y algunas de las cuestiones que refleja su libro. ¿Cuál fue el episodio más frustrante que vivió como secretario general de las Naciones Unidas?

R: El debate y los conflictos alrededor de la guerra de Irak. Por la naturaleza y por las razones de la guerra. Las divisiones que produjo entre la comunidad internacional, en la organización y entre los países miembros, tardaron en subsanarse. Hasta ese momento, la ONU funcionaba sin problemas.

P: En el libro, tras hablar del impacto que tuvo el 11-S en el mundo, escribe usted: “Para muchos, la mayor amenaza para la paz mundial pasó a ser la ira y la necesidad de revancha de Estados Unidos”.

R: La guerra contra el terror implicó daños colaterales. La gente sintió que las libertades civiles y los derechos humanos estaban siendo atacados, o que no eran respetados, y algunos Gobiernos actuaron como si hubiera un intercambio entre seguridad y derechos humanos o derechos civiles. Fue un peligroso trueque: si renuncias como individuo a tus derechos humanos por la seguridad, ¿obtienes finalmente seguridad?

P: Usted dijo que esa guerra era ilegal.

R: Y lo sigo pensando.

P: ¿Qué coste tuvo para usted mantener esa postura?

R: Obviamente, algunas personas en Washington no estaban contentas y me atacaron a mí y a la organización. Usé la palabra ilegal y reaccionaron muy fuertemente. También creo que coincidieron dos acontecimientos. Yo escribí una carta al presidente Bush, al primer ministro Blair y al primer ministro iraquí, Alaui, sobre Faluya. Tenían que ser cuidadosos con cómo abordar Faluya, porque en esos momentos existía la impresión de que los yihadistas estaban allí concentrados. Y todo apuntaba a que se iba a bombardear Faluya. Mi preocupación no solo era que se produjeran serias pérdidas humanas, sino también que los yihadistas abandonaran Faluya y se extendieran por todo Irak. Así que mandé una carta de alerta. Y fue vista como una provocación. Era además el momento de la reelección para Bush. Pensaron que yo intentaba interferir, pero no era esa mi intención.

P: Cuenta usted que, hablando con el presidente Bush, este le dijo: “Se me saltan las lágrimas de pensar lo que los iraquíes están viviendo con Sadam Husein”. ¿Lágrimas?

Siempre he pensado que el cambio es posible, que hay que ir a buscarlo”

R: Sí, eso dijo.

P: ¿Qué le pareció que dijera eso?

R: Probablemente creía, genuinamente, que la situación en Irak era tal que debían hacer algo para salvar a la gente; esa era su opinión, no era la mía: las acciones que querían emprender en Irak eran equivocadas. Pero es obvio que él lo sentía de modo apasionado y compartió su sentimiento.

P: Usted cita además en el libro que la existencia de reservas petroleras en el país fue uno de los factores que influyeron en la invasión.

R: No directamente. Alguna gente pensaba que si Irak no hubiera tenido petróleo, tal vez no habría atraído tanta atención.

P: Usted no lo piensa.

R: No, yo creo que tuvo un peso, pero no diría que fueron a la guerra solo por el petróleo.

P: Fue un elemento.

R: Exactamente. Si el mundo y Estados Unidos dependen de esa región para un importante porcentaje de su aprovisionamiento de petróleo, quieres que haya estabilidad. Y si estás convencido de que para que la haya es necesario eliminar a Sadam Husein, entonces piensas que estás salvando tu interés nacional.

Entre las consecuencias que tuvo su declaración de que la guerra de Irak fue ilegal, Kofi Annan cita en su libro las acusaciones de corrupción contra el programa Petróleo por Alimentos de la ONU, una herramienta inicialmente pensada para aliviar los padecimientos de la población iraquí en la que se detectaron irregularidades. Su hijo, Kojo, además, se vio envuelto en el asunto: trabajaba en una empresa suiza, Cotecna, que obtuvo un contrato de la ONU para inspeccionar los artículos humanitarios que entraban en Irak. El hijo de Kofi Annan se desvinculó de la empresa suiza en 1998, pero más tarde se supo que en 2004 seguía cobrando de ella.

P: ¿Representaron esas acusaciones uno de los momentos más difíciles de su mandato?

R: Fue difícil. Primero porque dijeron algunas cosas que no eran ciertas. Y segundo, era una manera de mezclar lo personal y lo profesional; usar a tu hijo para ir contra ti, para atacar a la ONU y atacarte como secretario general. Fue un momento muy difícil, ¿sabe?: en Washington, cuando deciden ponerse así, son muy buenos. Uno de los episodios más impresionantes fue el de las elecciones que enfrentaron a Bush y Kerry. Kerry, que había acudido a la guerra de Vietnam y había recibido medallas por su heroísmo, fue obligado a explicar su expediente de guerra, mientras que Bush, que no fue a la guerra, no tuvo que explicar nada. Esto demuestra lo buenos que pueden ser en estas cosas.

P: ¿Cómo fue su relación con George Bush?

R: En el plano personal es simpático y amigable, pero tuvimos serios desacuerdos políticos. De hecho, la gente se sorprendió cuando abandoné el cargo y me invitó a mí y a 40 de mis amigos a la Casa Blanca para una cena de despedida. Su mujer, Laura, era una gran mujer y fue muy amable con la mía.

P: Durante sus diez años de mandato entró usted en contacto con muchos líderes. ¿Alguno de ellos causó un especial impacto en usted?

R: Me encontré con muchos líderes y muchas personas en esos años. Muchas veces se menciona a Nelson Mandela. Pero hay varios líderes que han hecho auténticas contribuciones y que tienen una increíble capacidad política y de liderazgo. Le sorprenderá, pero Bill Clinton fue uno de ellos: es un hombre que está alerta, que entiende la política de modo instintivo, que adora la política, que tiene una increíble capacidad para conectar con la gente, y es muy competente intelectualmente. Helmut Kohl era un líder fuerte y seguro de sí mismo. Creo que sin él no hubiéramos visto la reunificación de las dos Alemanias.

P: ¿Y quién le decepcionó?

R: A eso no contestaré, sería una manera de insultar.

P: José Luis Rodríguez Zapatero aparece en su libro, pero José María Aznar no.

R: Es una coincidencia. También conocí bien a Aznar. Probablemente mencioné a Zapatero porque desempeñó un papel en los acontecimientos de los que estaba escribiendo y Aznar ya no estaba. No hay un juicio de valor en esto que señala.

P: Sí, lo puedo imaginar, ¿cómo fue su trato con ellos?

R: Trabajé bien con los dos. Llegué a conocer bien tanto a Aznar como a Zapatero; en lo global, habitualmente, coincidíamos. Pero, por supuesto, en Irak estábamos en distinto lado. Aznar fue uno de los que acudieron a la cumbre de las Azores.

P: La cumbre de las Azores, todo un episodio, ¿cómo vivió ese momento?

R: Mejor pasemos a otra cosa.

P: ¿A otra cosa?

R: Sí [y se ríe].

P: Sigamos en España. Le quería preguntar por su opinión sobre el modo en que se está desarrollando el fin de la violencia de ETA. La banda terrorista emitió un comunicado a finales de marzo advirtiendo de consecuencias negativas por la falta de diálogo con el Gobierno de Rajoy, que no quiere sentarse a negociar. La Conferencia de Aiete, que se celebró en San Sebastián, y en la que usted participó, instaba al diálogo. ¿Cree usted que el Gobierno está haciendo lo suficiente para que se produzca? ¿Considera que ETA debería disolverse para propiciar ese diálogo?

R: Cuando acudí a San Sebastián pensé que había una oportunidad para el diálogo. ETA estaba dispuesta a dar ciertos pasos positivos; había que captar el momento y emprender el diálogo. Fue un momento en el que había elecciones y llegó un nuevo Gobierno, y yo animé al diálogo, llegara quien llegara al Gobierno; pero no ha ocurrido. Cuando hay este tipo de conflictos, en mi opinión, diálogos significativos son siempre sanos, son una salida, son una manera de buscar una solución, y también una manera de construir y de evitar lo peor, si me permite decirlo así.

P: Ahora que está fuera de la ONU, y con la experiencia adquirida, ¿qué es lo que considera que habría que cambiar? ¿Tiene sentido que cinco países tengan derecho de veto en el Consejo de Seguridad?

R: No hay duda de que hay que reformar la organización, sobre todo el Consejo de Seguridad, que no refleja la realidad geopolítica de hoy, sino la de 1945. Tener a tres miembros europeos y ningún miembro de India o de África, con 54 países, o de Latinoamérica, que tampoco tiene un sitio permanente… y todos esos poderes emergentes: India, Brasil, Indonesia, Suráfrica… No es sostenible, querrán sentarse a la mesa, sentir que tienen peso, que sus voces son escuchadas. Si no se hacen reformas, habrá dificultades. Pero soy el primero que reconoce que hay cosas que se dan a la gente que son muy difíciles de quitar: una, los subsidios; la otra, los privilegios. Oímos hablar de subsidios más a menudo, porque es algo que se concede a los pobres, pero es igualmente difícil retirar privilegios a los ricos y poderosos.

P: Usted creció en una sociedad tribal, pero en una familia que no tenía ese espíritu; su padre, Henry Reginald, trabajaba para una empresa europea. ¿Cómo influyó todo ello en el hombre que acabaría siendo secretario general de la ONU?

R: Somos el producto de nuestro entorno, y yo recibí muchos tipos de influencias, en casa, en el colegio, en los días de la lucha por la independencia… Viví distintos mundos, el tradicional, el moderno y el políticamente cargado. Mis años de adolescente coincidieron con la lucha por la independencia, y la conseguimos sin demasiada sangre. Aquello me enseñó que el cambio es posible. Siempre he vivido mi vida pensando que el cambio es posible, hay que buscarlo, hay que empujar para que se produzca, no hay que tener miedo a buscar el cambio.

P: Uno de los mayores cambios en su periodo como secretario general fue que por primera vez en la historia de las Naciones Unidas un secretario general apoyó el uso de la fuerza por parte de la OTAN, y sin la autorización del Consejo de Seguridad, en Kosovo. ¿Fue una decisión difícil?

R: Fue difícil, pero lo vi como una excepción, no como un precedente. Normalmente, cualquier acción debería ser adoptada con el acuerdo del Consejo de Seguridad. En aquellos momentos había vivido todo lo ocurrido en la antigua Yugoslavia: Serbia, Bosnia, Croacia, afectaba también a Montenegro, estábamos preocupados con Albania y Macedonia, y vimos las atrocidades que se estaban cometiendo. No podíamos dejar que se extendiera a Kosovo y luego mirarnos los unos a los otros y decir: “¿Qué ocurrió?, ¿por qué no hemos actuado?”. La acción de tratar de evitar la extensión de lo que habíamos visto durante tres años era legítima, y por eso dije que hay momentos en que necesitas usar la fuerza para servir a la paz.

P: No todo el mundo está de acuerdo con esto.

R: Quiero decir que hay momentos en los que el uso de la fuerza es necesario. En Kosovo era un imperativo ético, humano. El género humano ha estado batallando durante varios milenios. Yo prefiero situaciones en las que evitemos las guerras. En mi opinión, en las guerras todo el mundo pierde, incluidos los ganadores. Para ganar una guerra estás obligado a hacer cosas inhumanas y brutales que lamentas haber hecho durante toda tu vida. Incluso si crees haber derrotado al otro, tienes que vivir con tu conciencia, y eso te afecta. En la guerra no hay ganadores, somos todos perdedores.

 

* Jose Elola, El Pais, 11 Abril 2013

Maduro lució un sombrero de paja con un pajarito en un acto de campaña

El presidente encargado de Venezuela y candidato del oficialismo en las elecciones del próximo domingo se mostró en público con un gorro que le obsequiaron; “Miren qué bonito, me lo regaló una compatriota de Nicaragua”, contó.

elecciones-en-venezuela-1691139w300

 

CARACAS.- Faltando pocos días para las elecciones venezolanas y en una reñida campaña entre el presidente encargado de Venezuela y el candidato opositor, Henrique Capriles, hoy durante un acto, Nicolás Maduro lució un sombrero de paja con un pájaro artificial en su parte superior.

“Miren qué bonito, me lo regaló una compatriota de Nicaragua”, contó Maduro. Y agregó: “Qué bello, con un pajarito allí. Parece un sombrero vietnamita, del ejército de Ho Chi Minh”.

La semana pasada, al comienzo de la campaña, Maduro dijo que el fallecido presidente Hugo Chávez se le había aparecido en forma de pajarito “chiquitico”, comentario que generó críticas de la oposición y burlas en las redes sociales.

“Lo sentí ahí como dándonos una bendición, diciéndonos: ‘hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestra bendiciones’. Así lo sentí yo desde mi alma”, relató Maduro en el acto de apertura de campaña en Barinas, la tierra natal de Chávez.

elecciones-en-venezuela-1691140w300

En esta oportunidad, durante el acto en el estado central de Vargas, Maduro no hizo comentarios sobre ese tema. En tanto, en lo que va de la campaña, el aspirante oficialista ha lucido diferentes sombreros, por lo general característicos de los lugares que visita.

Venezuela celebra elecciones este domingo para determinar quién finaliza en 2019 el mandato que Chávez comenzó el 10 de enero pasado con Maduro y el opositor, Henrique Capriles, como favoritos para llevarse la victoria.

EFE.

 

Ejemplo a no seguir

Han sido equivocadas muchas reacciones de gobiernos latinoamericanos frente a la muerte de Chávez.

584144

 

(Foto donde aparece Pdte. peruano Ollanta Humala frente al feretro del ex-pdte. HugoChavez) 

Aunque pocos han sido quienes lo han denunciado, la muerte de Chávez fue antecedida y precedida por golpes de Estado de su propio partido. Antes de la muerte de Chávez, Maduro asumió el cargo en contra de la Constitución, que señala que, para dichos efectos, era imprescindible que el presidente electo jurase. Y después de la muerte de Chávez, Maduro juró como “presidente encargado”, pese a que la Constitución es muy clara cuando señala que, en caso el presidente electo muera antes de la toma de posesión, le corresponde al presidente de la Asamblea Nacional asumir el cargo interino para que sea él quien convoque elecciones.

Sin embargo, lo que más sorprende no es que el chavismo desconozca su propia Constitución y haga lo que le venga en gana en Venezuela. Lo que más llama la atención es la falta de condena de estos sucesos por parte de la comunidad latinoamericana que en distintos instrumentos internacionales se ha comprometido a unirse para enfrentar este tipo de abusos del poder.

Y no solo eso, sino que muchos de los gobiernos de la región han entrado al juego hipócrita de homenajear a quien no fue más que un autócrata que arruinó a su país y que atropelló los derechos de sus ciudadanos. Chile, por ejemplo, declaró tres días de duelo y el presidente de Colombia calificó la muerte de “gran pérdida” para la región. ¿Estos gobiernos democráticos no encuentran extraño haber terminado respaldando la misma postura que las FARC, que se despidieron de Chávez calificándolo de “grandioso dirigente”?

Por supuesto, la actitud que más nos consterna es la de nuestro propio presidente, quien señaló que Chávez constituye “un ejemplo a seguir”.

Habría que preguntar: ¿ejemplo de qué? Claramente no será de sensatez económica. Hoy Venezuela sufre de la segunda inflación más alta del mundo, del déficit fiscal más grande en América Latina y de escasez generalizada de productos. Además, su nivel de crecimiento económico y de reducción de la pobreza (a pesar de cómo Venezuela se benefició por el aumento del precio del petróleo durante el chavismo) no se compara con el de países como el Perú o Chile.

¿Se habrá entonces referido el presidente Humala a que Chávez es un modelo de estadista? Ojalá no, pues el ex mandatario fue un campeón de la destrucción de la separación de poderes en su país y sumió a su gobierno en una profunda corrupción. No es casual que Venezuela ocupe el último lugar en el mundo en independencia judicial, según el Global Competitiveness Report, y que, de acuerdo con Transparencia Internacional, sea el décimo país más corrupto del mundo.

Asimismo, crucemos los dedos para que Humala no haya tenido en mente que Chávez constituye un modelo de respeto de los derechos humanos. Para Amnistía Internacional, los defensores de derechos humanos que critican al gobierno suelen ser víctimas de amenazas y ataques. Muchos de ellos han sido procesados y encarcelados por “traición” con penas de hasta 15 años. Y en cuanto al derecho de libertad de expresión, el gobierno de Chávez  ha perseguido duramente a los medios críticos de su régimen. A lo largo de sus dos mandatos cerró 34 estaciones de radios y dejó solo un canal independiente, Globovisión, al que persiguió de tal manera que hace unos días su dueño declaró que se ha visto forzado a venderlo.

Finalmente, ojalá el presidente no haya querido decir que Chávez es un modelo a seguir en lo que respecta a garantizar la paz y proteger las vidas de los ciudadanos. La tasa de homicidios se triplicó desde que llego al poder y hoy es la tercera más alta del mundo. Solo el año pasado han sido asesinadas 21.000 personas en Venezuela. La delincuencia general también es un problema enorme y lo más escandaloso es que –según denuncia Human Right Watch– los policías cometen uno de cada cinco crímenes.

Ojalá que la declaración del señor Humala (y las del resto de presidentes que homenajearon la figura de Chávez) simplemente haya sido resultado de no tener bien delineados los límites de la diplomacia y de un debido pésame. Y es que si algo queda claro es que, como gobernante, Chávez es un ejemplo a no seguir.

 

*Editorial diario “El Comercio”, Lima-Peru

Noruega, el país con mayor calidad de vida del mundo

Noruega ocupa el primer lugar en el índice de desarrollo humano de la ONU, seguida de Australia y Estados Unidos, de acuerdo con una lista dada a conocer en la capital mexicana y que cierra Níger, con los peores resultados del planeta.

noruega-090337_L

El Índice de Desarrollo Humano (IDH) fue elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) con los datos más recientes, y refleja las fuertes diferencias sociales entre las naciones ricas y las pobres.

56A473D0-BA81-4CA8-8F5C-161F0D425DD5_jpg__460__390__CROPz0x460y390

Los noruegos tienen una esperanza de vida al nacer de 81,3 años, un promedio de escolaridad de 12,6 años y su ingreso bruto per cápita del año pasado fue de 48.688 dólares. En Níger, en cambio, la esperanza de vida es de 55,1 años, su escolaridad promedio es de 1,4 años y su ingreso bruto per cápita fue de 701 dólares.

thCAA2BQUL

La clasificación tiene en cuenta tres dimensiones, según el PNUD: «Vida larga y saludable, conocimientos y nivel de vida digno». Se trata del sistema más completo para conocer el desarrollo humano de cada nación. La lista está compuesta por 187 países, distribuidos en cuatro grupos, según su desarrollo humano, desde muy alto hasta bajo.

pueblos-pesqueros-de-noruega

Pero aunque los noruegos tengan el nivel de desarrollo humano más alto, no significa que su ingreso per cápita sea el más alto. Los superan los ciudadanos de Qatar, con 87.478 dólares. Y los nigerinos, de acuerdo con esta clasificación, no son los que menos ingresos tienen: los habitantes de la República Democrática del Congo, en el penúltimo lugar del IDH, tuvieron el año pasado un ingreso per cápita de 319 dólares.

thumb

Tampoco son los noruegos los que más viven en promedio, porque sus 81,3 años están por debajo de los 83,6 años que se anota Canadá. Y los habitantes de Sierra Leona tienen una esperanza de vida menor a la de los nigerinos: 48,1 años.

Los más privilegiados

Los diez países más privilegiados en el IDH son, en este orden, Noruega, Australia, Estados Unidos, Holanda, Alemania, Nueva Zelanda, Irlanda, Suecia, Suiza y Canadá. A la zaga están diez naciones africanas: Burundi, Guinea, República Centroafricana, Eritrea, Mali, Burkina Faso, Chad, Mozambique, República Democrática del Congo y, cerrando la lista, Níger.

noruega_153766-240

Los dos extremos no han cambiado desde el último índice, correspondiente al 2011: Noruega sigue siendo la nación con el mayor desarrollo humano, y Níger la que tiene los peores resultados.

España repite el puesto 23 en el índice, con una esperanza de vida de 81,6 años, 10,4 años de escolaridad y un ingreso bruto per cápita de 25.947 dólares.

Entre las naciones latinoamericanas, Chile está a la cabeza, que repite en el IDH el puesto 40 respecto al índice anterior: 79,3 años de esperanza de vida, 9,7 años de escolaridad y un ingreso bruto per cápita de 14.987 dólares. El país de Latinoamérica y del Caribe con el peor índice de desarrollo humano es Haití, en el puesto 161, y antes de esa nación Guatemala, en el lugar 133.

Cáncer delivery

La inoculación imperialista del cáncer a Hugo Chávez es una tremenda leyenda urbana, que va a prender. Primero, porque las teorías conspirativas nunca mueren, sino que se quedan flotando por entre las franjas lunáticas de la población. Segundo, porque en la elección que se viene el chavismo le va a dar al tema como a bombo en fiesta.

thCAD3AX8U

A Nicolás Maduro la idea también le sirve para disimular la manipulación de la enfermedad de Chávez, un paciente que insólitamente se fue muriendo de mejoría en mejoría, mientras se mantenía a la población en la oscuridad respecto de lo que estaba sucediendo en La Habana. La verdadera historia de ese periodo todavía no es conocida.

Los medios chavistas se están apoyando en la revista estadounidense Slate como una autoridad que denuncia conspiración. Pero una lectura del artículo aparecido allí revela que la inoculación del cáncer ha sido intentada en varios experimentos, pero que no es posible. De allí que el cáncer no sea considerado contagioso.

Luego está el argumento de los varios presidentes de izquierda con neoplasias en estos últimos años. Sin embargo ninguno de ellos ha fallecido, y el caso más reciente toca a Juan Manuel Santos, buen amigo de los EE.UU., a quien nadie acusaría de izquierdista. Que se sepa, nadie se ha contagiado entre los islamistas antioccidentales.

Quizás en el mundo de la realgeopolitik los imperios sí intentan asesinar a sus enemigos irreductibles. Allí están las historias, nunca demostradas pero verosímiles, de numerosos intentos de liquidar a Fidel Castro. Los pintorescos: tratar de acercarle un habano envenenado y en otro momento envenenarle el chocolate caliente al que era adicto.

Aunque Chávez nunca fue realmente un enemigo irreductible, sino más bien un socio petrolero, que mantuvo el crudo fluyendo hacia los grifos yanquis y gastó fortunas en empresas estadounidenses de servicios para la industria petrolera. Los insultos a George Bush y otros gobernantes bien valían los negocios bolivarianos.

Pero el negocio de Chávez, un hábil político si los ha habido en Venezuela, siempre fue aparecer más radical de lo que era. Así logró darles un populismo silvestre repartidor de dádivas a los pobres en un socialismo, cautelosamente apellidado “del siglo XXI”. Como dijo Rubén Darío de su poesía, sus errores serán todos de sus seguidores.

Si ha habido inoculación (después de todo la tecnología avanza a toda velocidad), los cubanos deberían estar en una posición óptima para reforzar o desmentir la suspicacia. Pues si se trató de un cáncer delivery, entonces también ha estado en su naturaleza ser incurable. Puestos a imaginar conspiraciones, el cielo es el límite.

 

* Mirko Lauer (13 marzo del 2013)

Gabriel García Márquez escribió en 1999 el mejor retrato que se conoce del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, tras asumir el poder en el vecino país. Excélsior reproduce este texto publicado por el diario ‘El País’ de España

 

hugo-chavez

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de marzo.- Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente…”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

 

 

Por: Gabriel García Márquez