“El dinero no compra todo”; pero es necesario para mantener democracias

Sabemos que el dinero compra todo menos la amistad sincera y el amor verdadero; pero todo lo demas, practicamente, si lo puede comprar y ello puede llevar a las protestas públicas , al caos familiar o personal en la sociedad y a “la injusticia democrática” que puede dejar que la corrupción o inmoralidad se haga algo normal, como podemos verlo en varios hechos que ocurren en nuestro mundo actual.

Yo soy un convencido que la democracia es el mejor sistema política actual, siempre y cuando sea limpio y se deje participar a los representantes mayoritarios del pueblo o sociedad. En caso contrario, si solo gobiernan los representantes de los grupos económicamente poderoso, que representan minorías absolutas que quieren ganar todo el dinero posible para ellos y sus allegados; entonces la democracia se distorsiona y la injusticia e inequidad salarial o de oportunidad de progreso laboral se hacen mas notables.

Abajo comparto un video de Michael Sandel, profesor de la universidad de Harvard, quien habla en torno a la temática de su último libro,”Lo que el dinero no puede comprar” (Debate, 2013). Me parece que es un tema muy importante para que todos los humanos actuales podamos analizar este tema en detalle.

Ayudaria mucho que los medios de comunicación masivos tengan una hora diaria, en horario estelar, donde se analizen este tipo de temas con participantes que representen a todos los sectores de la sociedad o país. De esta manera la población del país se educara de manera práctica y positiva, ya que el resultado final de esta conferencia puede eliminar las diferencias sociales o culturales o las enormes diferencias salariales. Asimismo podríamos acercarnos a la verdad de la vida, a la justicia humana, a la unidad de la gran mayoría del país y, por tanto, la democracia se fortalecerá.

Hasta siempre.

Carlos Tigre sin Tiempo (CTsT)

 

Nota: Por si no se puede ver directamente (arriba) se puede acceder a este video en la siguiente direccion:

http://www.youtube.com/watch?v=sLqJWqVK4eg

Anuncios

Salarios injustos que ocasionan huelgas

Hasta hace poco mas de una década se pensaba que las huelgas o protestas de los trabajadores, por razones salariales, eran asuntos de los países del tercer mundo.

Pensaba que solo en dichos países había corrupción política e injusticia en temas salariales.

 1

Sin embargo, la vida me trajo a vivir y trabajar en países del mundo desarrollado y me di cuenta, que en el fondo era lo mismo. Es decir, tambien había corrupción política e injusticia salarial. Claro que la forma, intensidad o detalles son diferentes; pero en el fondo, si hacemos un listado de los principales factores, veremos que es la mismo.

 3

Claro que los pobres asalariados del primer mundo son económicamente privilegiados, en la comparación del entorno y el conteo de las cosas materiales, respecto a sus pares pobres de los países subdesarrollados o en desarrollo.

 4

En otros palabras, los pobres de los países desarrollados, injustamente marginados o tratados, deben cerrar su boca y no salir a protestar; pues son privilegiados en relacion al resto de pobres del mundo.

6

Por supuesto que esta teoría la han creado aquellos billonarios, millonarios o adinerados que se creen dueños del mundo y de la vida de millones de humanos y quieren que dichos humanos, limitados económicamente, hagan lo que a ellos les conviene , pues no tienen opción ya que el mundo actual se maneja por dinero y quien mas tiene, puede tener mas poder y hacer casi lo que se le da la gana contra los demás, sabiendo que el sistema político, económico, legal y cultural esta diseñado para que ellos siempre sean protegidos o encubiertos en sus caprichos, codicia, inmoralidad o injusticia humana.

7

Ademas se aseguran de dominar varios medios de comunicación masiva en la TV, radio, revistas o periódicos, donde usan a algunos periodistas o programas en diversos medios, para que con una propaganda subliminal o constante , logren convencer, confundir o engañar a muchas personas bajo su dominio o país.

8 9

En este ultimo punto parece que las democracias de los países desarrollados actuales se están pareciendo a las despreciables dictaduras comunistas de antaño o gobiernos totalitarios que ya no tolera la mayor parte del mundo civilizado.

Fast Food Protest

 11

Esto es algo que se puede evitar si se cuenta con una mayoría de politicos valientes, honestos, justos y solidarios, que no se dejen ganar por millonarios sobornos (lobbys) o por una ambición material irracional o simple maldad humana que siempre me sorprende comprobar.

Fast Food Strike

Lo mismo que algunos millonarios que quieran ser justos lo demuestren enfrentándose a sus iguales para acabar con problemas o situaciones que no tienen razón o justificación de existir si se quiere construir un mundo pacifico donde la democracia, libertad y justicia sea algo real y no algo reservado para minorías privilegiadas.

Hasta siempre.

Carlos Tigre sin Tiempo (CTsT)

Lo que Thatcher aprendió de Pinochet

Si bien el gobierno de Margaret Thatcher, la ex primera ministra de Reino Unido fallecida el lunes, es reconocido como uno de los pioneros mundiales en la política de privatizaciones, un país latinoamericano se le adelantó en varios años en la aplicación de esa polémica estrategia económica.

130409102814_thatcher_pinochet_464x261_ap_464x261_ap

(Pinochet y Thatcher durante su encuentro en Londres en 1998.)

Se trata del gobierno militar chileno de Augusto Pinochet, que de algún modo sirvió de modelo para lo que ocurrió después en el Reino Unido.

Pinochet, que llegó al poder tras un golpe de Estado en 1973, adoptó casi desde sus inicios una política económica de desmonte de la influencia del Estado.

Bajo la batuta de tecnócratas educados en Estados Unidos, los llamados “Chicago Boys“, Chile inició su experimento con la economía de mercado seis años antes de que Thatcher se convirtiera en primera ministra británica en 1979.

Más aún, el economista austriaco Fredrich Hayek, considerado como el mentor intelectual de Thatcher, visitó Chile para conocer el experimento económico de Pinochet.

Hayek llegó a recomendarlo a la mandataria como un modelo de lo que podrían lograr sus políticas privatizadoras en el Reino Unido, según señala el académico de la Universidad de Nueva York Greg Grandin en su libro “Empire’s Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism“.

130409131444_thatcher_pinochet_439x549_pa

 

Grandin reconoce que, sin embargo, Thatcher dudó que pudiera replicar el modelo chileno en su país, ya que las instituciones democráticas de Reino Unido y la necesidad de “un alto grado de consentimiento” volvían “inaceptables” para los británicos algunas de las medidas económicas que Pinochet ensayó en su país.

Ambos casos económicos han sido objeto de vehementes valoraciones por parte de los analistas, tanto a favor como en contra.

Otro aspecto de la relación entre Thatcher y Pinochet se evidenció en octubre de 1998, cuando el general chileno fue arrestado en Londres tras una orden de captura internacional emitida por el juez español Baltasar Garzón.

El magistrado español pretendía extraditar a Pinochet para juzgarlo en España por crímenes de lesa humanidad. Durante el arresto domiciliario de Pinochet, Thatcher expresó abiertamente su apoyo al militar chileno.

* Luis Fajardo, BBC Mundo, 9 de abril de 2013

Ejemplo a no seguir

Han sido equivocadas muchas reacciones de gobiernos latinoamericanos frente a la muerte de Chávez.

584144

 

(Foto donde aparece Pdte. peruano Ollanta Humala frente al feretro del ex-pdte. HugoChavez) 

Aunque pocos han sido quienes lo han denunciado, la muerte de Chávez fue antecedida y precedida por golpes de Estado de su propio partido. Antes de la muerte de Chávez, Maduro asumió el cargo en contra de la Constitución, que señala que, para dichos efectos, era imprescindible que el presidente electo jurase. Y después de la muerte de Chávez, Maduro juró como “presidente encargado”, pese a que la Constitución es muy clara cuando señala que, en caso el presidente electo muera antes de la toma de posesión, le corresponde al presidente de la Asamblea Nacional asumir el cargo interino para que sea él quien convoque elecciones.

Sin embargo, lo que más sorprende no es que el chavismo desconozca su propia Constitución y haga lo que le venga en gana en Venezuela. Lo que más llama la atención es la falta de condena de estos sucesos por parte de la comunidad latinoamericana que en distintos instrumentos internacionales se ha comprometido a unirse para enfrentar este tipo de abusos del poder.

Y no solo eso, sino que muchos de los gobiernos de la región han entrado al juego hipócrita de homenajear a quien no fue más que un autócrata que arruinó a su país y que atropelló los derechos de sus ciudadanos. Chile, por ejemplo, declaró tres días de duelo y el presidente de Colombia calificó la muerte de “gran pérdida” para la región. ¿Estos gobiernos democráticos no encuentran extraño haber terminado respaldando la misma postura que las FARC, que se despidieron de Chávez calificándolo de “grandioso dirigente”?

Por supuesto, la actitud que más nos consterna es la de nuestro propio presidente, quien señaló que Chávez constituye “un ejemplo a seguir”.

Habría que preguntar: ¿ejemplo de qué? Claramente no será de sensatez económica. Hoy Venezuela sufre de la segunda inflación más alta del mundo, del déficit fiscal más grande en América Latina y de escasez generalizada de productos. Además, su nivel de crecimiento económico y de reducción de la pobreza (a pesar de cómo Venezuela se benefició por el aumento del precio del petróleo durante el chavismo) no se compara con el de países como el Perú o Chile.

¿Se habrá entonces referido el presidente Humala a que Chávez es un modelo de estadista? Ojalá no, pues el ex mandatario fue un campeón de la destrucción de la separación de poderes en su país y sumió a su gobierno en una profunda corrupción. No es casual que Venezuela ocupe el último lugar en el mundo en independencia judicial, según el Global Competitiveness Report, y que, de acuerdo con Transparencia Internacional, sea el décimo país más corrupto del mundo.

Asimismo, crucemos los dedos para que Humala no haya tenido en mente que Chávez constituye un modelo de respeto de los derechos humanos. Para Amnistía Internacional, los defensores de derechos humanos que critican al gobierno suelen ser víctimas de amenazas y ataques. Muchos de ellos han sido procesados y encarcelados por “traición” con penas de hasta 15 años. Y en cuanto al derecho de libertad de expresión, el gobierno de Chávez  ha perseguido duramente a los medios críticos de su régimen. A lo largo de sus dos mandatos cerró 34 estaciones de radios y dejó solo un canal independiente, Globovisión, al que persiguió de tal manera que hace unos días su dueño declaró que se ha visto forzado a venderlo.

Finalmente, ojalá el presidente no haya querido decir que Chávez es un modelo a seguir en lo que respecta a garantizar la paz y proteger las vidas de los ciudadanos. La tasa de homicidios se triplicó desde que llego al poder y hoy es la tercera más alta del mundo. Solo el año pasado han sido asesinadas 21.000 personas en Venezuela. La delincuencia general también es un problema enorme y lo más escandaloso es que –según denuncia Human Right Watch– los policías cometen uno de cada cinco crímenes.

Ojalá que la declaración del señor Humala (y las del resto de presidentes que homenajearon la figura de Chávez) simplemente haya sido resultado de no tener bien delineados los límites de la diplomacia y de un debido pésame. Y es que si algo queda claro es que, como gobernante, Chávez es un ejemplo a no seguir.

 

*Editorial diario “El Comercio”, Lima-Peru

Cáncer delivery

La inoculación imperialista del cáncer a Hugo Chávez es una tremenda leyenda urbana, que va a prender. Primero, porque las teorías conspirativas nunca mueren, sino que se quedan flotando por entre las franjas lunáticas de la población. Segundo, porque en la elección que se viene el chavismo le va a dar al tema como a bombo en fiesta.

thCAD3AX8U

A Nicolás Maduro la idea también le sirve para disimular la manipulación de la enfermedad de Chávez, un paciente que insólitamente se fue muriendo de mejoría en mejoría, mientras se mantenía a la población en la oscuridad respecto de lo que estaba sucediendo en La Habana. La verdadera historia de ese periodo todavía no es conocida.

Los medios chavistas se están apoyando en la revista estadounidense Slate como una autoridad que denuncia conspiración. Pero una lectura del artículo aparecido allí revela que la inoculación del cáncer ha sido intentada en varios experimentos, pero que no es posible. De allí que el cáncer no sea considerado contagioso.

Luego está el argumento de los varios presidentes de izquierda con neoplasias en estos últimos años. Sin embargo ninguno de ellos ha fallecido, y el caso más reciente toca a Juan Manuel Santos, buen amigo de los EE.UU., a quien nadie acusaría de izquierdista. Que se sepa, nadie se ha contagiado entre los islamistas antioccidentales.

Quizás en el mundo de la realgeopolitik los imperios sí intentan asesinar a sus enemigos irreductibles. Allí están las historias, nunca demostradas pero verosímiles, de numerosos intentos de liquidar a Fidel Castro. Los pintorescos: tratar de acercarle un habano envenenado y en otro momento envenenarle el chocolate caliente al que era adicto.

Aunque Chávez nunca fue realmente un enemigo irreductible, sino más bien un socio petrolero, que mantuvo el crudo fluyendo hacia los grifos yanquis y gastó fortunas en empresas estadounidenses de servicios para la industria petrolera. Los insultos a George Bush y otros gobernantes bien valían los negocios bolivarianos.

Pero el negocio de Chávez, un hábil político si los ha habido en Venezuela, siempre fue aparecer más radical de lo que era. Así logró darles un populismo silvestre repartidor de dádivas a los pobres en un socialismo, cautelosamente apellidado “del siglo XXI”. Como dijo Rubén Darío de su poesía, sus errores serán todos de sus seguidores.

Si ha habido inoculación (después de todo la tecnología avanza a toda velocidad), los cubanos deberían estar en una posición óptima para reforzar o desmentir la suspicacia. Pues si se trató de un cáncer delivery, entonces también ha estado en su naturaleza ser incurable. Puestos a imaginar conspiraciones, el cielo es el límite.

 

* Mirko Lauer (13 marzo del 2013)

Gabriel García Márquez escribió en 1999 el mejor retrato que se conoce del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, tras asumir el poder en el vecino país. Excélsior reproduce este texto publicado por el diario ‘El País’ de España

 

hugo-chavez

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de marzo.- Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente…”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

 

 

Por: Gabriel García Márquez

El ataque a Malala conmociona a todo Pakistán

Escuelas cerradas, banderas a media asta, una resolución de condena en el Parlamento… El atentado talibán contra Malala Yousafzai, la joven de 14 años activista por la educación de las niñas, ha conmocionado a Pakistán. Un equipo de médicos civiles y militares trata de que los extremistas islámicos no se salgan con la suya. En la madrugada de hoy, le extrajeron la bala que tenía alojada en el cuello, muy cerca de la espina dorsal, y confían en su recuperación. Ella sabía el peligro que corría y en una entrada de su blog contó que había recibido amenazas.

“Los médicos han intervenido y han extraído la bala”, anunciaron fuentes del hospital militar de Peshawar donde se halla ingresada, tras la delicada operación iniciada a las dos de la madrugada y que duró tres horas. La decisión se tomó después de que se le detectara un derrame en la parte izquierda del cerebro. Otra de las chicas heridas en el ataque se encuentra en situación crítica, mientras que la tercera se recupera y ya está fuera de peligro.

“Tengo miedo. De camino a la escuela, oí a un hombre [decir] ‘te voy a matar”, anotó Malala en el diario que escribía como Gul Makai para la BBC en urdu. Tenía 11 años y llevaba dos padeciendo el creciente control de los talibanes sobre el valle del Swat, donde vivía con sus padres y dos hermanos más pequeños. Poco después, los extremistas islámicos cerraron su escuela y la situación se hizo insoportable. Malala y su familia pasaron muchas noches sin dormir a causa de los bombardeos, hasta que el padre decidió dejar su casa y trasladarse a Abbotabad.

La seguridad del valle mejoró tras la entrada del Ejército en el verano de 2009. Los Yousufzai decidieron volver, convencidos de que su hija estaría segura entre sus vecinos de Mingora, la capital de esa pintoresca comarca. Malala, cuya identidad se reveló entonces, pasó de la denuncia al activismo por la educación de las niñas. Ahora trabajaba para crear un fondo que permitiera acudir a la escuela a las hijas de familias sin recursos.

“Nos habían amenazado. Un par de veces llegaron cartas a casa en las que se decía que Malala debería dejar de hacer lo que estaba haciendo o que el resultado sería muy malo”, admitió su padre, Ziauddin Yousufzai, en una conversación telefónica con Reuters. Pero nunca pensó que fueran a hacer nada a una niña. Ziauddin, un maestro que hasta la llegada de los talibanes al valle del Swat dirigía una escuela de niñas en esa comarca, explicó también que habían rechazado la protección de las fuerzas de seguridad porque querían que su hija tuviera una infancia normal, pero también por las restricciones culturales de la zona. “Es una muchacha joven y la tradición aquí no permite que una mujer tenga a hombres alrededor”, declaró. Pero no fue impedimento para que un barbudo con la cara cubierta se acercara el martes a la salida de la escuela y le descerrajara un tiro en la cabeza.

El ministro del Interior, Rehman Malik, aseguró que “los responsables han sido identificados”. No está claro por qué entonces el Gobierno central ha ofrecido una recompensa de 10 millones de rupias (unos 80.000 euros) por cualquier pista que permita su detención.

El ataque ha recibido una amplia condena dentro y fuera de Pakistán. Desde el presidente hasta los políticos de la oposición, todos han expresado su solidaridad con Malala. En un inusual comunicado, el jefe del Estado Mayor, el general Ashfaq Kayani, ha prometido no “ceder ante el terror”. Miles de personas de todo el mundo le han enviado mensajes de apoyo a través de las redes sociales. La UE, que tacha la agresión de vil, ha pedido protección para Malala y Estados Unidos ha calificado el atentado de “bárbaro y cobarde”.

 

* Angeles Espinosa en Dubai (El Pais/11Oct.2012)

“Muerte a la coeducación”

 

Tal vez impresionados por la reacción popular ante el ataque contra Malala Yousafzai, los talibanes paquistaníes trataron de justificarse ayer. El mismo portavoz que el día anterior se responsabilizó del atentado, Ehsanullah Ehsan, aseguró que su grupo no había prohibido la educación para las niñas, pero que se oponía “a muerte a la coeducación y los sistemas laicos, así lo ordena la ley islámica”. Solo que la coeducación no existe en Pakistán.

La experiencia contradice a Ehsan. Desde que los ultrapuritanos talibanes alcanzaron el poder en Afganistán a mediados de los años noventa del siglo pasado, cerraron todas las escuelas de niñas sin contemplaciones. A pesar de la influencia soviética, la coeducación nunca había llegado a implantarse en ese país extremadamente conservador, donde el principal problema era la falta de escuelas, sobre todo en los núcleos rurales. Algunas mujeres valientes organizaron clases clandestinas en sus domicilios. Era una actividad subversiva y perseguida.

Tras el bombardeo estadounidense de Afganistán (2001-2002), muchos talibanes hallaron refugio al otro lado de la frontera donde sus simpatizantes paquistaníes terminaron por emularles. Las quemas y saboteos de escuelas de niñas en las regiones tribales de Waziristán del Norte y del Sur, donde los radicales tienen su cuartel general, han dejado de ser noticia porque ya no quedan más centros por destruir.

Lo mismo sucedió cuando los talibanes del valle del Swat, una de las facciones del Movimiento Talibán de Pakistán (Tehrik-e-Taliban Pakistan, TTP), se hicieron con el control de esa comarca entre 2007 y 2009. En enero de ese año, un informe militar aseguraba que los talibanes habían decapitado a 13 niñas, destruido 170 escuelas y puesto bombas en otras cinco. Tampoco allí había colegios mixtos como no los hay en el resto del país.

A menudo se ha atribuido la desigualdad en la escolarización de las niñas paquistaníes a factores religiosos y culturales. Sin embargo, los esfuerzos realizados en los últimos años por ONG y grupos religiosos en áreas remotas del país, han demostrado que incluso las comunidades más conservadoras están dispuestas a enviar a sus hijas a la escuela si se cubren sus necesidades (proximidad a sus domicilios, horarios compatibles con las exigencias familiares y formación profesional). De hecho, al acabar la primaria, muchas continúan en las madrazas (escuelas islámicas) porque facilitan alojamiento.

En los últimos años, los talibanes de Afganistán parecen haber evolucionado y hay indicios de que aceptan la escolarización de las pequeñas. Sin embargo, su visión del mundo, calcada de la interpretación puritana y patriarcal del islam beduino que Arabia Saudí ha difundido por el mundo, es un impedimento a la educación de las niñas y va contra los valores de igualdad que promueve la democracia.